No hace mucho tiempo pude asistir a una ceremonia conmemorativa que se celebraba en Ocaña. Como es costumbre, las primeras filas estaban reservadas para los protagonistas de la ceremonia y sus familiares. Hasta aquí todo es normal, si no hubieran ocurrido dos hechos, que demuestran lo poco que ha avanzado la justicia social en Ocaña.
En las filas inmediatamente después de las reservadas, estaba sentado un caballero de Ocaña, persona afable, “religioso” y aparentemente sociable, si no se hubiera presentado una familia (que a él le parecía de más baja condición social), a la que este buen señor no dejó sentarse, sin que la persona encargada del orden interviniera para nada.
En el mismo acto y unos minutos después, se presentó uno de los “Señoritos de Ocaña”, que no pertenecía a ninguna de las familias agasajadas. No es necesario que les cuente, que a este señor se le colocó en los asientos reservados.
Como hijo de Ocaña y demócrata, me duele que después de tantos años de Democracia y a finales del siglo XX, todavía se tengan estos prejuicios sociales, y se utilicen varas de medir tan distintas, sujetas a la única regla de la condición social: “Tanto tienes tanto vales”.
Yo espero que a las nuevas generaciones no les estemos transmitiendo esta falta de solidaridad y sí lo importante que es respetar a los demás y a las cosas que nos son ajenas, sin importarnos el lugar de donde procedan, quién sea su dueño ni la condición social de las personas. Todo ser humano se merece un respeto, y eso, debemos empezar por creerlo nosotros mismos, para después podérselo transmitir a nuestros hijos, a nuestros alumnos y a toda la juventud.
Me gustaría que estos dos hechos que he relatado, se conviertan en una anécdota y no vuelvan a ocurrir más en mi pueblo, en el que por otra parte hay gente encantadora.